Era el 6 de Octubre del 2014 a las 11:00 A.M. y me encontraba sentado esperando mi vuelo para Lukla, el aeropuerto estaba un poco caótico pero no le di importancia ya que llevaba 2 semanas en Nepal y había estado casi 3 meses en India, nada fuera de lo ordinario a mi parecer para estos países.

Para matar el tiempo decidí ponerme a platicar con cualquier viajero que estuviera cerca de mi, lo cual no fue difícil pues la sala estaba llena de personas esperando sus vuelos, hasta cierto punto todos en este grupo, al cual yo también pertenecía, vestíamos un uniforme “oficial” no declarado como tal pero determinado por todas las guías de turismo: unos pantalones especiales para hacer trekking (senderismo) unas botas o zapatos de montaña y una mochila con botellas de agua y equipo de campamento colgando por todos lados.

Comencé a platicar con unos españoles y me comentaron que ese era su segundo día en el aeropuerto pues el día anterior habían cancelado todos los vuelos, justo cuando terminaron de contarme su historia escucho: “Han cancelado todos los vuelos para hoy, necesito hablar a la agencia para cambiarlo para mañana” Era el guía que me habían asignado la agencia de trekking que había contratado y se haciendo cargo de la situación.

En ese momento no le di importancia pensé que un vuelo cancelado no sería gran cosa o nada relevante me había sucedido muchas veces antes pero al final de mi viaje de trekking al Campo Base del Everest llegué a la conclusión de algo, uno cree que decide visitar los Himalayas por cuenta propia pero es como si existiera una fuerza superior dentro de esta zona que son ellos los que te permiten visitarlos o peor aún, ellos también son los que deciden si te vas a casa o te quedas para siempre.

Cada momento del viaje está controlado por esta fuerza superior, llámale dios, madre naturaleza, universo, destino, casualidad o suerte. No importa el nombre que le pongas, estar en el camino con el Everest frente a ti y las montañas rodeándote te hace sentir tan pequeño e indefenso que lo único que puedes hacer es dejarte llevar con lo que sucede. Es como si caminarás entre gigantes.

Muerte o Vida, creemos que tenemos el control sobre ello pero aquí todo puede suceder y sin embargo no lo notas ni lo sientes, tu mente está tan distraída por los paisajes que se te presentan que nada importa, mi guía lo llamaba meditando entre las montañas.

Que justa razón tenía denominarlo así, desde mi curso de meditación en India he estado intentando meditar todos los días pero esto era igual o más enriquecedor, la mezcla entre el silencio absoluto que tan sólo es interrumpido por los sonidos de la naturaleza, los paisajes espectaculares y las sonrisas sinceras de los niños que te saludan uniendo sus manos frente a ellos y diciéndote “Namaste”, hace que todos tus problemas e inquietudes desaparezcan.

“How are you?” (¿Cómo estás) era la pregunta constante que recibía de mi guía, al menos unas 10 o 15 veces por día como mínimo, su preocupación era autentica pues el subir no sólo te desgasta físicamente con las largas caminatas si no también puede tener repercusiones muy graves con algo denominado “Mal de Montaña” o “Mal de Altura”.

Cada día veía unos 10 helicópteros pasar por la zona, todos y cada uno de ellos con el mismo objetivo: evacuar a las personas que necesitan descender inmediatamente debido al Mal de Montaña.

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En el 5to día de caminata estábamos a punto de cruzar la línea de los 4000 metros de altura, yo me sentía en excelentes condiciones hasta que llegué al hotel que se encuentra a los 4,400 metros de altura. Mareos, nauseas, dolor de cabeza y falta de apetito fueron mis síntomas. Mi respuesta habitual de “Awesome” (increíble) a la pregunta de mi guía de ¿cómo me sentía? Cambio a un “Nada bien, estoy mareado y con dolor de cabeza” La sonrisa que siempre acompañaba su rostro se transformó en una cara de seriedad y preocupación. Ese día me dediqué a descansar y tomé Diomox (medicina especial para combatir los síntomas del mal de altura), a las pocas horas mi apetito había regresado así que decidí elegir para mi comida los remedios naturales de las montañas: sopa de ajo.

La sopa de ajo quizás no sea lo más apetecible del mundo pero en estas condiciones extremas es una alimento que puede hacer la diferencia en tu viaje, lo hizo en el mío, justo después de la medicina y la sopa de ajo, me sentía increíble una vez más.

Los siguientes días transcurrieron tomando mi dosis correspondiente de Diomox y mi obligada sopa de ajo en la comida y la cena, si mi guía antes me preguntaba 15 veces ¿como me sentía?, ahora había duplicado su preocupación, siempre monitoreándome en todo momento.

Es impresionante como las montañas llevan las cosas al extremo. La altura, falta de presión y oxigeno acompañado de un frío extremo tiene repercusiones diferentes en cada persona, en mi caso no sólo me genero síntomas de mal de altura, también me causó algo que JAMÁS había tenido: Dermatitis Alérgica.

Horas previas a tomarme el Diomox (el cual también puede causar alergia) noté que mis brazos se llenaban de puntos rojos, los cuales seguían hasta mis manos, inmediatamente supe que era alergia. ¿lo peor? Que lo único que no traigo en mi botiquín son antihistamínicos, jamás he sufrido de alergia y no vi la necesidad de empacarlos. Esta fuerza superior que habita en los Himalayas en definitivamente me estaban retando.

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Era el 6º día, un día más y llegaríamos al Campo Base del Everest, nos encontrábamos caminando a más de 4,500 metros de altura y esa noche dormiríamos a 4,900 metros. Los paisajes cada día se volvieron más impresionantes y hermosos, entre más te acercas a los pies de los Himalayas más te sientes fuera de este mundo, sin embargo mi mente tan sólo estaba concentrada en una cosa, tratar de controlar mi cuerpo para lograr llegar a la Campo Base, mentalizándome constantemente intentando evitar agravar el mal de altura al punto que me obligara a descender.

En una de mis concentraciones en donde me repetía a mi mismo “tan sólo aguanta un día más, es lo único que hace falta para lograrlo” me distraje de nuevo por la belleza del paisaje y mi mentalidad cambio por completo, entré en un estado de aceptación total. Me sentía satisfecho, había visto los Himalayas, caminado en sus montañas, visto la montaña más alta del mundo con mis propios ojos y nada se compara con eso. Ningún viaje ha sido tan gratificante como éste, estaba feliz y dispuesto a dar lo mejor de mí para llegar al C Base, pero si no lo lograba y tenía que regresar de emergencia o evacuar por helicóptero la imagen del Everest en mi cabeza es algo que jamás podré olvidar y eso era suficiente.

He visto la Torre Eiffel, el Big Ben, el Coliseo Romano, la Gran Muralla China, el Taj Mahal, los castillos medievales de Europa, la frontera de Corea del Norte y del Sur, Buda Gigante en Japón, navegado en los canales de Venecia, escalado la pirámide del Sol en Teotihuacán  para recargarme de energía y cientos de otros lugares en el mundo y puedo asegurar que ninguno de ellos me ha causado tanto asombro, impresión, emoción y perplejidad como fue la primera vez que vi El Everest.

Ninguna obra hecha por el hombre puede compararse en lo más mínimo, los sentimientos que evocan estar frente a esta montaña son indescriptibles.

Caminar viendo la majestuosidad de El Everest olvidas todo, tu pasado, presente y futuro, es como si te disolvieras con la imagen de las montañas, el tiempo se detiene y nada importa, realmente estás meditando en las montañas, justo lo que mi guía me dijo al inicio del viaje.

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“Descansaremos una hora y luego iremos al Campo Base”, fueron las palabras de mi guía que jamás olvidaré. No lo podía creer, estaba a unos instantes de llegar a mi destino y la nieve había comenzado a caer. Por un momento pensé, la Diosa del Cielo nos da la bienvenida a su manera. No tenía idea que esa tormenta que me recibía y también me despedía de El Everest sería la misma que cobraría la vida de muchos viajeros que habían decidido visitar otra región de los Himalayas.

Desde que crucé los 4000 metros de altura comencé a ver tumbas o memoriales de todas las personas que han intentado llegar al Everest y han fallecido en el intento, siempre leía los epitafios que se encontraban en estas y hubo una, justo antes de llegar al Campo Base, que me marcó.

“Live a Story”, (vive una historia) decía la placa. Y eso es de lo que se trata, todos pueden vivir una vida pero pocos pueden vivir una historia. Ni en mis sueños pensé que llegaría a verlo y mucho menos pisar sus pies que se encuentran a 5,364 metros de altura, estaba viviendo mi historia, había llegado al Campo Base del Everest, un lugar donde mi historia terminaba pero para otros apenas es el punto de partida de una más grande.

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El regreso no fue sencillo, la tormenta había empeorado y era realmente complicado caminar con el viento y la nieve en la cara. Nadie esperaba una tormenta de esta magnitud en esta época del año. Conforme iba descendiendo los paisajes cambiaban de blanco a verde y el clima era más tolerable lo cual hizo sencillo la caminata de los últimos días.

Tenía una mezcla de sentimientos, estaba feliz de haber completado la hazaña de llegar al Campo Base del Everest y regresar a salvo a Lukla, donde mi aventura había comenzado, pero estaba triste de tener que dejar esa región y volver a la ciudad. Pero los Himalayas aún tenían una sorpresa más para mi, el clima del día anterior a mi partida fue terrible, todos los vuelos fueron cancelados, había granizo, viento, nieve y mucho frío, pensé que no saldría.

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Cuando revisé el clima de la zona por internet noté que tan sólo tenemos una oportunidad de salir, el día en el que nuestro vuelo saldría de Lukla sería el único día despejado antes de una semana de tormentas en la región. Sabía que si saldría de ahí no era por casualidad, era por que los Himalayas habían decidido que lo hiciera.

Al día siguiente mi vuelo salió a tiempo, son pequeñas avionetas las únicas capacitadas para llegar y salir de Lukla, si caminar entre las montañas te hacen sentir pequeño, volar entre ellas harán que te sientas tan indefenso. Estaba volando en un pequeño pedazo de metal que desconocía cuando había sido la última vez que había recibido mantenimiento, cualquier cosa podría mandarlo a tierra con consecuencias fatales por lo que lo único que podía hacer era aceptar mi destino, cualquiera que fuera.

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Me cancelaron el vuelo del primer día, llegué al Campo Base del Everest justo el día que empezaba la tormenta por lo que pude salir a tiempo, no desarrollé mal de altura tan sólo síntomas pequeños, mi alergia eran puntos rojos sin nada grave o preocupante, mi vuelo de salida fue en el único día de la semana el cual estuvo despejado y ahora me encontraba volando entre las montañas, nada de lo que ha estado sucediendo ha estado en mi control, por más que hubiera intentado hacer algo los Himalayas serían los únicos que decidirían mi destino en este viaje.

La vida esta llena de eventos fuera de nuestro control y fácilmente nos olvidamos de esta realidad, lo único que podemos hacer realmente es intentar vivir una historia el resto sucederá lo queramos o no, justo como lo fue mi viaje al Campo Base del Everest.

Notas:

Quiero agradecer a la agencia Trekking Team Group por hacer este viaje posible, su trabajo y profesionalismo excedió mis expectativas, si estás pensando realizar un viaje de este estilo realmente te recomiendo que trabajes con ellos, tienen más de 22 años de experiencia.

La agencia es Nepali y principalmente se comunican en inglés, sin embargo son capaces de organizarte y conseguir un guía que hable español para armar tu viaje. Habla con ellos, en verdad que son expertos.